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Documento del mes de marzo de 2019: Los depósitos de novias de Requena, 1848-1851.

AMRQ 12.169

 

1850, abril, 6. Requena. Diligencias del alcalde corregidor de Requena, Vicente Girón, para el depósito de la novia Justa Cambres en casa de Nicolás Ponce para contraer esponsales con Sotero Cayo Alarte.

En este mes de marzo en que se conmemora a nivel internacional el Día de la Mujer hemos seleccionado unos documentos que reflejan bien la sociedad de base paternalista y discriminatoria.

Gracias a la donación de documentos particulares, en el Archivo se custodian unas interesantes diligencias de depósito de novias. Son actos que constituyeron durante mucho tiempo un mecanismo muy efectivo para defender y otorgar protección temporal a las parejas que querían matrimoniarse frente a la oposición de alguno de los padres de cualquiera de las partes. A veces, incluso, se ejercía persuasión violenta.

A mediados del siglo XIX, cuando se documentan estos depósitos de novia, el poder de la palabra en la vida cotidiana aún era un factor muy respetado, y por otra parte, el monopolio religioso del matrimonio había perdido fuerza en pos del poder civil, el cual iría adquiriendo cada vez más protagonismo en la esfera nupcial. En 1840 se instituyó en España el registro civil de los matrimonios, que también se conserva en el Archivo de Requena.

La promesa de matrimonio y la fuerza de los esponsales, sin entrar en consideraciones sacramentales, generaba un vínculo de ardua disolución, algo que se había legitimado siglos atrás en el ámbito religioso y que la opinión popular consagraría con el paso del tiempo. De esta manera, cuando los contrayentes se pretendían, la ruptura del juramento era algo que difícilmente se podría dar, pues la pena podía oscilar entre el escarnio público y la pérdida del honor.

Desgraciadamente, la promesa matrimonial y el augurio de nuevas nupcias no tenían por qué despertar el agrado de todos, especialmente en una época en la que todavía pervivía la acepción del término del casamiento con la de unión de ambas familias. No era extraño que en algunos casos se manifestaran profundas reticencias por parte de los padres y madres de la pareja, especialmente en el caso de las mujeres, cuyos progenitores podían o no considerar apto a su futuro yerno.

A pesar de que algunos teólogos afirman que en el siglo XVI era pecado de índole mortal el casarse contra la voluntad de los padres y madres (Roswitha Hipp T., 2006), en el siglo XIX y al parecer ya también en el XVII y XVIII, existía la posibilidad de solicitar el depósito de la novia fuera de la jurisdicción del padre, quien a efectos legales era su procurador y valedor, cuando su negación patriarcal ante las nupcias podía incluso hacer peligrar la integridad de la prometida, encontrándose incluso casos de violencia, psicológica o física, en la prohibición a la pretendiente.

Como hemos podido observar en las diligencias catalogadas en el Archivo Municipal de Requena, estos procesos eran más comunes de lo que originalmente se pensaba, pues contamos con hasta seis expedientes de depósitos de novias (AMRQ 12.169-12.174) datados entre 1848 y 1851, donde encontramos los casos de las novias Justa Cambres, Laureana López, Severiana Pino, María Antonia Iranzo, Encarnación Lapuebla y Martina Valero respectivamente, cuyos padres o en el caso de Laureana, su abuelo, podían manifestar oposición violenta o injusta, siendo necesario su depósito lejos de su influencia.

En estos documentos hemos evidenciado que el procedimiento a seguir se efectuaba de la siguiente manera: el depósito podía solicitarlo quien lo considerase oportuno, si bien, lo común era que lo solicitase el propio novio. Pero en el caso de Encarnación Lapuebla (AMRQ 12.173), hemos visto como fue ella misma la que solicitó su propio depósito, pues tal y como manifestó: “la negativa en darme su consentimiento mi padre, es la causa de esta determinación, que la apoya el querer trasladarme de esta ciudad a cualquier otro punto para defraudar mi deseado casamiento”. En caso de la persistencia negativa, el alcalde y el alguacil de la ciudad se presentarían en el hogar de la familia de la novia para defender su libertad para decidir y proceder a su desalojo y posterior depósito en casa de cualquier hombre de confianza escogido. A efectos prácticos, el depositario de la joven era su nuevo "propietario" y debía asumir todas las responsabilidades pertinentes para asegurar su bienestar y para la contracción de esponsales con su querido.

En Fuenterrobles, su cronista Fernando Moya Muñoz, ha recogido por información oral esta misma práctica, denominada “depósito de mozas”, de la que aún hay un vivo recuerdo por su cercanía temporal. En estos casos, era la novia quien demandaba al alcalde protección ante la oposición de los padres al casamiento. Se planeaba la fuga de la novia que hacía su hato y que podía salir por el balcón o ventana con ayuda de una escalera o bien por la puerta cuando era factible. En el momento que era tomada por el alcalde estaba ya bajo su protección y era llevada a la casa del munícipe o al ayuntamiento. Los últimos casos que se recuerdan son de principios del siglo XX en que una novia recurrió a este mecanismo para casarse con un apueto joven, antes que con el viudo que se le había asignado.

Los precedentes de los depósitos de novias en la Península Ibérica, siguiendo a James Casey, se pueden encontrar ya en los inicios de la Edad Moderna, donde el novio tenía el derecho de apelar al tribunal diocesano cuando el padre de su amada se negaba a entregarla en matrimonio. Por lo general, la Iglesia siempre resolvía a favor de la unión, ya que el derecho canónico definía el matrimonio como un objetivo de vida y como un compromiso libre entre un joven mayor de catorce años y una chica mayor de doce. No sería hasta el año 1776 cuando en España se afrontó el problema, exigiendo el consentimiento paterno en todos los matrimonios de menores, promulgándose un decreto en 1803 especificando que se aplicaría sólo a los hombres menores de veinticinco y a las mujeres de menos de veintitrés años. Por debajo de esa franja de edad, el padre no tenía porqué explicitar el motivo de su negativa, donde la única salida era presentar en la chancillería local una apelación extraordinaria en casos de opresión manifiesta o, en otras palabras, en casos de negativa violenta.

Esta legislación, que fue adoptada por la España liberal, redujo la limitación de la edad para decidir en las mujeres a veinte años y en los hombres a veintitrés en 1862 (Casey, 1989). El motivo por el cual las mujeres gozaban de más años de “libertad” con respecto a los hombres se explica en el hecho de que la concepción de la misión de vida de la feminidad, desde tiempos inmemorables, era la de la procreación, por lo cual no era recomendable ni inteligible desperdiciar el tiempo de una mujer en edad fértil.

Siglos atrás, algunas mujeres ya lucharon por su autodeterminación y por la libertad de elegir a su pretendiente, en este caso, mediante la oportunidad que le ofrecía el mecanismo del depósito. Pero lo que esto evidencia, sin duda, es una sociedad profundamente arraigada en el paternalismo, no sólo por el hecho de que el patriarca de la familia era el tutor, valedor y dueño de su esposa e hijas, sino porque también la propia acción de depositar a la mujer que deseaba contraer esponsales generalmente se hacía bajo la tutela de otro hombre, aunque en el caso del depósito de Juliana Pérez (AMRQ 12.172), se hizo bajo la protección de la viuda María Antonia Iranzo, encontrando así una válida excepción.

En el documento que se transcribe, el novio, Sotero Cayo, solicita y consigue que, ante la manifiesta prohibición de su futuro suegro a la boda, la novia, Justa Cambres sea depositada en casa de un hombre de confianza, para que se garantizara la voluntad de la novia.

No hay duda de que los tiempos han cambiado y están cambiando para bien, pero lo cierto es que todavía queda mucho por recorrer. Aun hoy en día existen culturas en las que la mujer se encuentra oprimida, no sólo en lo que a la libertad de matrimonio se refiere, sino en todos los ámbitos de la vida diaria.

 Incluso en nuestra venerada cultura occidental perviven conductas machistas que se aferran con fuerza, tanto en lo consciente como en lo inconsciente. Es trabajo de todos y todas el revelarlas y purgarlas, aprendiendo del pasado para solucionar el futuro.

Adrián Sánchez Hernández.

 

Para saber más.

RUIZ SASTRE, Marta y CANDAU CHACÓN, María Luisa. El noviazgo en la España moderna y la importancia de la «palabra». Tradición y conflicto. Studia Histórica, Hiatoria Moderna, 2016, 38, n. 2, p. 55-105.

CASEY, James. “Iglesia y familia en la España del Antiguo Régimen”. Chronica nova: revista de historia moderna de la Universidad de Granada, 1991, n. 19, p. 71-86.

HIPP t., Roswiha. “Orígenes del matrimonio y de la familia modernos”. Revista Austral de Ciencias Sociales, 2006, n. 11, p. 59-78.

ALEMÁN RUIZ, Esteban. “El consentimiento paterno para contraer matrimonio a finales del Antiguo Régimen. Notas para su estudio en Canariaa”. En: XIX Coloquio de Historia Canario Americana. Cabildo de Gran Canaria, 2012, p. 219-238.

 

 

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